" Un día que yo estaba con ella le pregunté: ¿por qué nunca llevaba la dentadura? (la M. Concepción no tuvo dientes alrededor de 25 años) y me contestó; que 'tenía que pagar las vanidades pasadas'.
Al parecer, de jovencita era muy presumida, comodona, y le gustaba parecer bien, según el rango familiar que tenía. Me dijo que tenía los dientes muy feos y cuando empezó a ser algo coquetona o presumida, no podía soportar aquellos dientes y se los hizo aserrar para que le hicieran una dentadura a su gusto. Le hicieron una muy bonita, con unos dientes muy hermosos, de los que ella quedó muy contenta de poderlos lucir.
Después de pocos años de entrar en el Carmelo, se le rompió y no quiso que se la arreglasen, y así cuando yo entré en el Convento, la vi siempre sin dientes, por eso le pregunté el por qué de ello.
Cuando sus hermanas carnales se hicieron mayores y empezaron a acompañar a la M. Concepción en coche para preparar la fundación del Carmelo de Binisalem en 1961, al verla de esta manera, se avergonzaban, y una y otra vez le suplicaban que aceptase que el que le permitieran hacerle una dentadura nueva, que ellas se la pagarían; pero nunca pudieron convencerla. Al final tuvieron que apelar a la M. Priora, para que la hiciese aceptar; la Madre se lo dijo, y ella se rindió a la obediencia enseguida.
Yo me acuerdo muy bien del dentista que se la hizo, era muy buena persona, pero de unos modales bruscos y poco mirado en la limpieza. Le hizo una dentadura tan grande que al probársela no le entraba de ninguna forma; él a fuerza de empujones se la hizo entrar, pero no podía cerrar la boca, entonces el dentista a viva fuerza se la quitó y me pareció verla con la cara hinchada, aunque no se quejó ni dijo nada, tuvo que probársela varias veces, pues no llegaba a encajársela bien, hasta que ella dijo que le estaba bien así, que se la dejase como estaba.
Pero a decir verdad, se veía que la apretaba en algunas partes, nunca se la vio bien encajada e incluso no podía cerrar bien la boca, pero cuando le decíamos de hacerla una nueva, ella decía que no, que aquella dentadura le iba muy bien.
Nunca la oí quejarse de la dentadura, ni del dentista, pero creo que le servía de mortificación continua".
M. Mª C de Cristo Rey
La segunda parte de la historia sobre la dentadura, la pueden leer en el testimonio que dio el segundo dentista que la visitó después de muchos años, cuando la M. Concepción ya era anciana: sigue la historia
" La M. Concepción era la Priora que me recibió cuando yo entré en 1964, y he tenido ocasión de tratarla bastante pues además fue mi maestra de novicia.
Siempre nos ha dado muy buenos ejemplos y consejos. En sus últimos años de vida me hicieron ropera y ella subía cada mañana a la ropería y me ayudaba a zurcir túnicas.
En la ropería una hermana le decía: 'voy a pedir a Ntra. Madre que le ponga una silla para que se pueda apoyar la espalda' (pues se sentaba a sus 93 años en un banquillo bajo), pero ella decía que no lo necesitaba.
También, en el invierno cuando los pies se quedan congelados, le decía: 'le traeré una tabla para los pies', tampoco nunca la quiso.
Era muy puntual al trabajo pero a veces llegaba 10 minutos más tarde y me decía: 'hoy he tenido un 'romagué', y es que algunas hermanas la necesitaban para pedirle consejo en sus problemillas y la paraban a mitad camino. Otras veces venían del santo noviciado para que les ayudase en alguna necesidad, y siempre me pedía permiso y se llevaba el trabajo. Su respuesta invariable era que San Pablo decía que el que no trabaja que no coma.
Tengo una estampa que ella me regaló en mis primeros años y que escribió estas palabras de San Juan de la Cruz que tanto nos repetía y vivía: 'Mi yugo es suave y mi carga ligera, la cual es la Cruz; porque si el hombre se determina a sujetarse y llevar esta cruz que es un determinarse de veras a querer hallar y llevar trabajo en todas las cosas por Dios; en todas ellas hallará grande alivio y suavidad para andar este camino así desnudo sin querer nada'.
En las exhortaciones de los capítulos los domingos, cuando era Priora, siempre nos repetía:' Haga en cada momento lo que quisiera haber hecho en la hora de la muerte'.
Cuando me hicieron enfermera pude ver y apreciar su fortaleza y valentía heroica en sus enfermedades. Una vez le costaba mucho caminar y los médicos le dijeron que tenía un poco de reuma en la pierna; ella subía y bajaba escaleras para ir a misa, para hacer la lectura en el púlpito del refectorio... resultó que este reuma que le duró muchos días era una cadera rota que tuvieron que operar y ponerle una prótesis".
Hna. Mª A. del S. C. de Jesús
"La M. Concecpción era muy abnegada. En los trabajos más duros y pesados era siempre la primera en acudir. Se daba a lo más costoso.
Era muy humilde. No la vi ni oí nunca discutir con nadie. nunca se excusaba.
Decía que cuando estaba en su casa era muy perezosa en levantarse. Tanto era así que cuando oía el timbre del profesor de pintura que llegaba para darle clases, entonces se levantaba de la cama. En cambio cuando yo era novicia y ella maestra, no acababa de oir el primer sonido del despertador cuando yo oía desde nuestra celda, contigua a la suya, que daba un salto de la tarima, y nos despertaba dando las tablillas.
Me fijé desde que entré en el convento, que para la oración en el coro y durante muchos años siempre se servía de un solo libro: 'Formación en la humildad'. Se ve que a ella es lo que más le atraía.
Me acuerdo de cuando una monja dejaba como inservible algo, ella lo remendaba y lo utilizaba.
Nos decía para animarnos en las dificultades que tuviésemos, que habíamos de querer "más" y así se nos haría todo poco.
Era muy mortificada y no hacía caso de sus sufrimientos, siempre quería "más", tal como nos lo decía. Así por ejemplo, el día qeu tuvo un vómito de sangre, estaba arrodillada en el coro y ¡cómo se debería encontrar! No le dio la menor importancia queriendo seguir inmediatamente a la Comunidad que en aquel momento se dirigía hacia el refectorio para la colación. Una hermana con gran énfasis le ponderaba la sangre que llevaba en la toca y escapulario, porque ella hacía como si nada hubiese ocurrido y quería a toda costa seguir la observancia regular. Si esta hemorragia la hubiese tenido en la celda, se habría cambiado la toca y escapulario, sin más y nadie se hubiese enterado del suceso.
Como no se quejaba nunca de nada, y decía que nada le costaba, una Hna. solía repetir: "La M. Concecpión en el cielo tendrá una corona de latón".
La M. Concepción era 'el paño de lágrimas' de toda la Comunidad. de todas y cada una de las monjas, incluídas las Prioras. Acudíamos a ella siempre que lo necesitábamos en busca de consejo, orientación, consuelo, etc. Ella siempre nos lo daba y nos comunicaba su paz.
En todo el tiempo que he sido Supriora, no ha ocurrido nunca que la M. Concepción directa o indirectamente me hiciese notar que ya le había dado aquel oficio de tabla la semana anterior. Sí que ocurrió por el contrario varias veces que venía a 'reclamar' cuando, tocándole un oficio que suponía mortificación, se me había pasado por alto y no se lo había asignado"
M. E. M. de la E.
'La M. Concepción era caritativa, condescendiente cuando se trataba de caridad con todas nosotras y con nuestros familiares.
Fiel cmplidora de nuestra Regla y Constituciones sin mitigación hasta la muerte.
Siempre se sentaba en el suelo: en el coro y en su celda, en la recreación. También en la clínica cuando me operaron, ella permanecía en la habitación sentada en el suelo cosiendo escapularios, aunque viniesen toda clase de personas: médicos, enfermeras y demás. Quedando todos edificados.
Todas nosotras cuando íbamos a hablar con ella de apuros propios o necesidades de nuestras familias quedábamos consoladas.
Es la persona más veraz que he conocido. Su mortificación era muy verdadera.
Tenía serenidad de carácter. Cuando me tenía que corregir me advertía con mansedumbre. Era muy comprensiva'.
Fdo. Mª Magdalena del Sdo. Corazón y consolación. (+ Pascua 2008)